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Instalación — 2026
Técnica: Acrílico sobre lienzo y escultura de plástico intervenida.
Namaste explora la espiritualidad contemporánea como territorio de hibridaciones e inestabilidades simbólicas. La crisis espiritual no se plantea aquí como ausencia de sentido, sino como sobresaturación simbólica: espiritualidades globalizadas, subculturas extremas y objetos industriales circulan como imaginarios híbridos, sin jerarquías estables. El sentido no desaparece; se fragmenta, se superpone, queda en estado de inminencia.
Mediante la apropiación de Namaste como gesto de reconocimiento del otro, y el encuentro entre Kikazaru —uno de los tres monos sabios— y elementos de la estética black metal, la obra construye una escena donde lo sagrado aparece como un ensamblaje de signos: tradiciones, subculturas, circuitos globales de mercancías estandarizadas. La pieza propone una reflexión sobre la condición contemporánea como un espacio de convivencia entre múltiples formas de búsqueda espiritual, ninguna de ellas capaz de reclamar una autoridad definitiva sobre las demás.
La figura de Kikazaru remite a la percepción y la escucha. Su postura meditativa la vincula a una iconografía espiritual que, intervenida con corpse paint y audífonos, entra en relación con la estética y la experiencia sonora del black metal. La aparente contradicción entre contemplación y agresividad sonora subvierte la idea de una contemplación necesariamente silenciosa: la meditación aparece atravesada por dispositivos tecnológicos de escucha individual y consumo sonoro.
El black metal, en este contexto, no es solo género musical: funciona como cosmología estética y forma de resistencia simbólica. La figura industrializada de Kikazaru evidencia la circulación global de objetos y símbolos que pueden ser apropiados, modificados y resignificados. La espiritualidad se manifiesta como circulación, no como pureza; la identidad, como ensamblaje de imágenes, sonidos y objetos en reconfiguración constante.
La relación espacial entre la pintura y la escultura produjo un resultado que no estaba previsto: la figura adquirió una apariencia de altar. Este desplazamiento modificó la lectura de la instalación: lo espiritual y lo extremo dejaron de funcionar como categorías opuestas y quedaron suspendidos dentro de una misma imagen.
La obra permanece así en la condición de sobresaturación simbólica de la que parte: un ensamblaje donde ninguna tradición, subcultura o imagen impone su autoridad sobre las otras, y donde el sentido —fragmentado, superpuesto— no se resuelve.



